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Un hombre del pueblo de Neguá, en la costa de Colombia, pudo subir al alto cielo.
A la vuelta, contó. Dijo que había contemplado, desde allá arriba, la vida humana. Y dijo que somos un mar de fueguitos.
- El mundo es eso – reveló -. Un montón de gente, un mar de fueguitos.
Cada persona brilla con luz propia entre todas las demás. No hay dos fuegos iguales. Hay fuegos grandes y fuegos chicos y fuegos de todos los colores. Hay gente de fuego sereno, que ni se entera del viento, y gente de fuego loco, que llena el aire de chispas. Algunos fuegos, fuegos bobos, no alumbran ni queman; pero otros arden la
vida con tantas ganas que no se puede mirarlos sin parpadear, y quien se acerca, se enciende.

A lo largo de nuestras vidas, tenemos el placer de conocer fueguitos de todo tipo y nos tomamos el atrevimiento de elegir a aquellos con quienes queremos compartir nuestras andanzas, aquellos guerreros que con sus corazones no dejan de dar batalla, siempre fieles a tomar sus sueños y convertirlos en realidad.

Durante nuestra infancia, aprendemos a confiar en la enseñanza de ciertas personas que logran entregarse en nuestro aprendizaje. Personas que, con su agitación inquebrantable, nos enseñan a superar divisiones y encontrar soluciones mediante acciones concretas. No van adelante ni atrás nuestro, nos llevan de la mano mostrándonos rincones y guiándonos por caminos. Van con nosotros, siempre. Disfrutan de vernos reir y no se cansan de fabricar alegría. Nos enseñan que el juego es nada más y nada menos que una filosofía de vida, que regala libertad interrumpiendo el orden de la cotidianeidad. Nos incitan a abrir la puerta prohibida y pasar al otro lado del espejo. Nos transmiten pasión, nos muestran que para apasionarse hay que salir del mundo de lo concreto e introducirse en el mundo de la locura. Nos enseñan a vivir, nos abren las puertas de la creatividad, la imaginación, y el deseo. Nos enseñan a no conformarnos, a pedir siempre más, a darnos cuenta que existe la superación. Nos enseñan también a esperar al borde de la exaltación, como niños a los gritos: “que empiece ya, o el público se va”. Pero nadie se va. Son esas ansias que revolotean a una respuesta que le pinte el pintar. Todos siguen esperando y aclamando la presencia de quién sabe qué o quién es lo que va a aparecer frente a sus ojos. Sin embargo, no pueden saber si lo que viene es mejor o no. Lo que sí saben es que probablemente valga la pena el riesgo de esperarlo, el posible desperdicio de dos minutos más.

Todo porque “el que no arriesga no gana”, o al menos así suelen decir. Hay quienes optan por hacerlo. Saben que los pensamientos y las acciones se consumen si se retienen y llevan a la práctica cada una de sus ideas sin importar el qué dirán. Viven el presente y nos muestran que se puede vivir a pleno cada instante.

Son aquellos los seres que se distinguen en nuestros corazones, que reinsertan tantos valores subestimados, que aman tanto la vida y consiguen transformar lo cotidiano en una experiencia inhabitual. Aquellas almas que se distinguen por su eterna inmensidad, que hoy podemos afirmar que disfrutamos. Sabiendo que son reales, y de todo lo real, son nuestras elegidas. Hoy podemos decir que nos encontramos ante la deuda más hermosa que es devolver todo aquello que nos concedieron.

Son estas las personas que hoy están orgullosas del lugar que ocupamos, del final que nos atrevemos a enfrentar. Un final distinto donde las perdices pierden su protagonismo histórico y dan lugar al recuerdo, a la nostalgia, la fuerza y el delirio. Un final, que como cualquier otro en la vida, significa un nuevo comienzo y que, por más miedo que de, el tiempo nos obliga a aceptar y más tarde a comprender. Comprender, aceptar, eso que parece tan fácil como sumar.

Sabemos que la vida siempre da revancha, pero aprendimos que somos siempre locales en esta vida, nuestra vida. Sabemos también que como arriesgarse no hay riesgo, y como desafiarse no hay desafío. Estamos seguros de que no cerramos un libro, sino que damos vuelta una página y nos enfrentamos a la incertidumbre, compañera fiel de toda aventura. Hicimos nuestro camino al caminar y no nos queda más que confiar en el tiempo que nos dirá qué hacer. El tiempo que nos dirá que así estuvo bien.

Hoy nos toca despegar. ¿Qué tal si empezamos a ejercer el jamás proclamado derecho de soñar? ¿Qué tal si deliramos, por un ratito?

1 Señales de vida:

Cami dijo...

AAAAAAAAAAAAAAAAAAAA ME ENCANTO :)